La nueva literatura

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El concepto de la nueva literatura

SEÑORAS y señores:

Buenas noches.

No comprendo las causas ocasiónales
pero ellas me orientan. Obedeciéndolas voy á leer esta
noche unas cuartillas hechas sin un objeto más allá
de sus plumadas en horas decisivas.

Fui elegido secretario de la sección de literatura
gracias al apoyo de unos buenos amigos á los que
agradezco la deferencia. Entonces adquise el compromiso
de leer un trabajo. Tenía que justificar mi promoción.

Esta es la causa ocasional de esta velada. Su nexo
es cosa aparte. Hechas estas cuartillas confidencialmente,
en la creencia con que lo escribo todo, de que
eran en si mismas principio y fin, hoy me desconcierto
un poco al leérselas al público por lo visto, una entidad
que no comprendo aunque me he dirigido á ella muchas
veces. Nunca he podido tener una idea aproximada de
lo trascendental. Por eso de no haber estado de luto hubiera
aparecido en la tribuna contraviniendo la liturgia
de los actos solemnes, con traje claro, corbata hidrófoba,
y guantes de color, asi como hoy no ha

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dejado de acompañarme mi incalificable sombrero cuotidiano.

En el trabajo que voy á leer he tratado de deducir el
concepto de la nueva literatura. Sin embargo, está forjado
más en vista de lo inédito que de lo hecho hasta
hoy, de un inédito que se trasluce ya en la vida, donde—
diré con toda fiereza—todo es inédito aún, conmovedora
é inefablemente inédito.

Me he desapercibido en este estudio de ciertos nombres
eminentes. He preferido esa claudicación, á no
ver desviarse la cuestión lamentablemente. Además es
un caso didaclivo que no he olvidado el de NacubodonoBor
quemando á los hermanos Nello porque no quisieron
prosternarse ni adorar su busto.

Pero preveo que aun siendo mi iconoclastismo, un
iconoclastismo de concepto, alguien reclamará en
nombre de los prohombres muertos.

Desde luego afirmo que no es de nadie su representación
y menos de los que la acogen. Toda cuestión es
de individuo á individuo, de desnudez á desnudez. Sólo
la conservaduría analfabeta de ciertas gentes, se ha
creido con el derecho á hablar de los hombres históricos,
oponiendo á las insurrecciones, como única razón
, la razón de sus nombres.

No obstante á todos, tanto á estos fracasados qun se
guarecen en su representación de los hombres eminontes,
como á los otros, les reto á una discusión congostionada.
Podrá ser muy dura porque yo voy á ser parcial.
La imparcialidad es un principio de inercia, ‘-jue
carece de significado. La imparcialidad sólo puede ser
el primer momento de un criterio, decidido á formar la
parcialidad.

Y entro en materia.

Ya nada es lo que es por definición, maligno deseo
de los escolásticos.

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El término general no era más que una cosa inconsistente,
á la que ha sustituido un atomismo, hospedaje
y envase de la sensatez.

No obstante, los preceptivistas siguen creyendo en
la literatura por definición. Todos tienen su fórmula
lapidaria. Error. Nosotros creemos con Lebesque «que
el arte reducido á fórmulas se niega él mismo». Además
somos incapaces—quizás por sobra de capacidad—de
hacer una de esas abstracciones redondeadas y concluyentes
que son una detención. Somos trasformistas literariamente
hablando.

El concepto de la nueva literatura no obedece al
simplicismo de las preceptivas: es algo mucho más
complicado, que entrelaza otros muchos conceptos. ^
La condición de la literatura es ex«epcionalmente
conjuntiva. La actualidad, necesitando hacer una síntesis
y un hogar, se ha acogido á ella.

El concepto histórico de la literatura tenia que decaer.
Las cosas vitalísimas renuncian á la reducción
de los prejuicios con toda insolencia. Todo adquiere un
valor actual sobre el etimológico al desprenderise de
todo atavismo.

Así la nueva literatura se ha apropiado una significación
de que estaban desposeídas todas las otras.
Aúna elementos que ninguna otra ha llegado á coleccionar.
Se ha acrecido por correlación. No voy á tratar
de justificarla. No lo necesita. Es y eso basta, eso la
justifica. Stirner ha dicho: «Tu fuerza, tu poderlo es
lo que te concede un derecho. Esa misma fuerza y ese
poderío son los que conceden todo derecho».

La primera influencia de la literatura es la vida, esta^
vida de hoy desvelada, corita, contundente como nunca,
bajo una inaudita invasión de luz. De esta cópula^
hecha con un primitivismo que ha necesitado de muchos
siglos para libertarse, y para ser genuinamente
primitivo, proviene su incremento.

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Se necesitaba un modo de expresión genérico, ein
dañar por las sistematizaciones y que pudiera acumular
las inquietudes supremas de la vida.

La filosofía estaba tocada de escolasticismo, universitarismo,
especialismo y tantos otros ismos. Entonces
se ha recurrido á la literatura.

De aquí que al estudiarla haya que estudiar el intervencionismo
de la vida.

La vida hace ya algunos años, la vida imaginable
por un temperamento lo menos popular posible, ha llegado
á ese grado de serenidad que cauteriza las últimas
enfermedades. Como ha pasado por todos los ciclos
religiosos, y últimamente por el ciclo moralista y ridículo
de Comle, de todos esos daños, ha procedido á lo
menos su entereza actual que se ha vacunado en el
dolor de sus epidemias, del dolor de verlas reaparecer.
La mirada libre de fascinaciones, dragada, ha visto
por primera vez—por primera vez.

Tan sociable, tan fácil á dejarse asimilar, se hicieron
la luz, el paisaje, las cosas y el tiempo, que nunca
como ahora, han podido ser dominados tan expeditamente.

Hugo hizo creer al mundo, que él era el dominador,
pero su exaltación fué una fanfarronería. No tenía espíritu
do dominador, no creía en el hombre. Era un
galilco. Era aún un invertido, del que dice mucho
aquello que exclamó ante Napoleón:
«El porvenir pertenece á Dios».

Se equivocó.

Comienza á pertenecer á los hombres.

En principio les pertenece.

Tantas cosas han confortado á la vida, tanta propaganda
laica, tanta asepsia, tanto ruido de tantas
tosas, que el hombre ha inducido más allá de los tópicos,
de los formularios y do los tapiales, una verdad
nueva y una gran sorpresa.

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La irrupción en la vida de Emerson, Stirnor, Nietzsche.
Gorki, Haeckel, hace muy poco, ha sido decisiva.
Hoy no se puede escribir una página ignorando á
Nietzsche. Esta es cuestión capital de ignorarlo ó no
ignorarlo todo.

Al decir Nietzsche, digo todo lo otro y lo esotro.
Acojo ese nombre como un símbolo. Su influencia filosófica,
audaz, heroica, descarada, no es de él, es del
periodo porque pasamos, sobrecargado de iniciativas,
olvidado de sus libros, que son el resultado de su vorágine.
Respondemos más de lo que suele creerse, de
la modalidad progresiva de nuestro tiempo.

No es Nietzsehe el que ha creado este panteísmo tan
equilibrado, tan sereno, tan lujoso de motivos, que ha
hecho á la naturaleza afín nuestra; es nuestra vejez
expertísima de miles de años. Es que todo es inteligentísimo
en las cosas, hasta el detalle, y basta lo que
suscitan para enormizarnos. Nietzsehe no nos ha regalado
nada suyo. Ha sido nuestro agente de negocios,
nos ha hecho entrar en posesión de nosotros mismos.
Injustos los sugestionadores le han llamado sugestionador,
queriendo invertir el uso de la palabra que les
empadrona, por conveniencia propia. No le conocen.
Nadie ha exclamado con una lealtad tan demagógica:
«Os ordeno que me perdáis».

Todos los críticos en cuanto ven una obra de fuego,
hablan de Nietzscheanismo. Gustavo Kan en la «Plume»
se le ocurrió hace años señalar influencias nietzscheanas—
ya era un tópico en la critica esa gran suspicacia—
en Barros, pero Barros le contestó de un modo
tan concluyente, cuestionando con fechas, poniendo
tan á distancia su primir libro sobre el yo, y la primera
noticia francesa de Nietzsehe, que Kan rectificó
sin salvedades.

La nueva literatura no puede hacer la alegación de
Barres, pero si la de que es tan personal como la de
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Barres. El que reduce una catarata no da la vista ni
pone un ardite en la visión del paciente.

El filosofismo de último de siglo pasado, y sobre todo
más que nada el de principios de este, ha enseñado á
explorar, genéricamente, sin prejuzgar en un punto
la exploración á que cada uno personalmente se lance.
Adoctrina en principio, pero no grava las conclusiones.
Termina su cometido donde comienza la primera
premisa.

Pone en libertad, y desde ese momento abandona.
La juventud es lo que dice que es él, Per Gym,
héroe de Ibsen, esa creación de un carácter membrudo
y señor: «soy un autodidáctico». En verdad que «e
acabaron los maestros Capitolinos. Y si hay maestros
— entendedme—son para ella algo accidental, dependiente,
alumno, que ayuda á crear al profesor.

Esta influencia filosófica y peregrina se debe á que
la filosofía se ha hecho literaria, es decir, se ha mundanizado,
mientras la literatura se iniciaba en filosofía.
Justa trasformación ya que el mismo arte según
Taine es para el autor un pretexto para hacer filosofía.

De este entroncamiento, ha surgido esta literatura
sin ningún parecido con la de ayer. A la manera con
que la definió Racine, desde el trípode metafisico «el
arto sutil de hacer alguna cosa de nada» ha opuesto
Bosehot, ya en nuestra mañana, la opinión incontinente
de que tiene por objeto el conocimiento del hombre.

Todo la ayuda.

La consciencia desprendida de las ciudades, la lección
significativa de una calle moderna, considerables
años de prensa diaria, la máquina, todo ha sido una
lección de imperialismo y de valor humano que ha
acrecentado la voluntad de poder.

Zola, no escuchó á Nietzsche. Nacido en plena colisión
de dos ideologías contrarias, su literatura fué un
alarde de riesgos, de barbaries, de temeridades que hay
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que tener en cuenta por que asi comenzó á salvar la
vida de su menoscabo. Llena de exageraciones, nos explicamos
su desproporción, pop como broto entre violencias
, arbitrariedades y una fuerte reacción sin la
que se campea ya hoy. Con decir que entonces hasta al
buen Rousseau se le procesó, siendo en el fondo un
buen cura de aldea.

La nueva litera corregida de esta intemperancia,
aparece con un critetro sincrético y sereno completamente
inédito. Recoge toda clase de influencias y así
magnifica y renueva su antiguo significado.

Paul Adam, dando idea de cual es su prurito, há
dicho: «Nos consagramos á una literatura ideisía así
como nuestros predecesores á una literatura esencial*
mente sentimental.»

Tiene un criterio inmune que entroniza la intuición.
Es la unificación de todos los procedimientos y de todas
las ideologías.

Es más verdadera—ha dicho Amiel—que la ciencia
porque es sintética y percibe desde un principio lo que
la combinación de todas las ciencias podría una vez, á
lo sumo, alcanzar como resultado.

Taine ha dicho «que en vez de definir las ideas las
engendra».

En la creación del concepto de la nueva literatura ha
intervenido como en toda diapositiva el clisé negativo.

Ante cierta literatura de antaño, y aun de hoy, ha
adquirido el odio á la frase hecha, á el tópico, á lo
manido, á todo lo que en ellas ha debido caducar.

Asi la sabiduría de la nueva literatura—porque es
todavía literatura un poco de transicción—consiste
principal y ventajosamente en saber «lo que no ha de
hacer», consciencia creada por todas las ramplonerías
de casi todos los libros. De sus lecturas ha sacado una
gran aprehensión por muchas, muchísimas cosas.

Aquella literatura—como esta de los anacrónicos—

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es de una severidad ti’c.nu-a insólita, capitulada, de un
simplicismn sin rpcámaríi, hecha según principios y
trabajada desdf fuera resulta una liteíatura de présbitas:
inerte, yacente, atosigadora por faltado humanidad,
pero más que nada por falta de mundanidad.

En sus páginas cenceñas, enjutas, sin traspiración,
primitivas, espesas, sobrecargadas de peso muerto,
llenas de una prosa menuda, sin ventilación, sin gracilidad,
sin luz, oliente á habitación cerrrada, y á la
humedad de los claustros, no se puede respirar, son
sofocintes porque tienen el enrarecimiento de los esquemas,
de las abstracciones y de los términos generales.

Pero lo más deplorable de esta literatura, lo que
más insurrecciona contra ella, es que carece de inquietud.
Es impasible. Impasible. Es sólo un pasatiempo
—y no es algo suicida pasar tiempo por pasarle con
eso descuido— un pasatiempo para gentes que no han
latido-según ritmos superiores — Rodin, Meunier, Zouluaga,
Carrere, Behetowen, Wal Wittan — el inconmensurable
Wilde, Mallarme, Anatole Rodin, Meunier, Zuloaga,
Carrere, Beethoven, Walt whitman — el inconmensurable
Wilde, Mallarme, Anatoleetc., etc.

Nosotros concebimos el minuto de una manera apoteótica
y formidable.

Por eso es poco para nosotros lograrle entretener.
Necesitamos algo más que discrección, mucho más; indiscrección.

Todo en ellos es demasiado dialéctico. Carece de ese
influjo y ese imperativo carnal con que llega á nosotros
la nueva literatura. Todo en ellos está galvanizado,
todo es teatral y fatuo. Creado con una dureza de
convicción infame, han hecho imperturbables las líneas,
han hecho una mentira literaria, fanática, sin
benignidad, llena de moralejas.

Es una literatura sin ideas—jComprendéist—Leyéndola
se sufre la trepanación. Es todo en ella descripcioniata,
visual; en parte por defecto del estilo que en ella

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todavía es gramatical, paralitico. No lo ha asimilado
á la manera con que los nuevos lo han hecho glóbulos
rojos, semen, retina, dernisdermis, y epidermis, etc., etc.

No hay en esa literatura ni un apasionamiento, ni
una blasfemia, ni un equivoco, ni una impertinencia,
ni un desmán. No hay en ella un ESTADO DE CUERPO.
Toda ella está hecha con un reposo, ético, lógico, canónico,
insoportable. Como que desaparece el autor

Asi los hombres de esas obras están vistos sin mirarles.
¿Es que esto es posible? ¿Es que los hombres en
quienes nos fíjamos pueden dársenos, sin ser concepto
intimo, opilogoepílogo, sabor ó comentario?

No.

La renunciación que se trasparenta en esas creaciones,
es nociva, agresora, y exalta guerreramente como
la idea de una operación quirúrjica. Sentimos como si
nos disgregaran. A tan lejanas y tan trascendentes cosas
pertenece el espíritu de esas obras. Nos descentran.
Sentimos como si nos exprimieran y vinieran á hurtarnos
cosas muy de dentro las cosas muy de fuera.

Lo mismo que con los seres y las cosas sucede con
el paisaje. El paisaje de ojos para fuera no existe. Es la
cosa más subjetiva. Figurémonos un paisaje en un espejo,
sin unos ojos que lo observen y un estado de
ánimo que lo particularice. No existe. Sencillamente no
existe. No puede existir. Es inconcebible de no estar
refractado por la sensibilidad según sus características
y su acuerdo de momento. Y sin embargo seres absurdos
nos lo han dado en esa forma impersonal.

Todo fuera de nuestra consideración personal, es lo
invisible, lo intrascendente, lo sibilesco sin secreto, lo
abstruso sin escabrosidades, lo que no está ni más allá
ni más acá del pensamiento, lo impersonal, lo impensable.

Ir por la signifícación intelectual de la vida á la vida
misma es un error.

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Por ese camino sólo se llega á designificarla. Buscarla
en nosotros es acertar con la única pista.

La única verdad que ha dicho Scherer, el parafraseador
de la biblia ha sido esta: «La verdad no está
sobre la tierra, la verdad se hace». Claro que él dijo
esta frase con la malisima intención de hacer una verdad
neo-cristiana.

En literatura según su nuevo concepto hay que dar
por incidencia muchas otras sensaciones completemente
exóticas en ese respective. No basta el sistema de la
inspiración á flor de piel.

Toda obra ha de ser principalmente biográfica y si
no lo es, resulta una cosa teratológica. Las que están
hechas en otro concepto, resultan intempestivas, voraces
con la voracidad de lo que os descarna espiritualmente
para corporizar cosas extrañas.

Los hombres sin que yo me explique como—por lo
gradualmente que se han ido haciendo así — sin que yo
me explique como, repito, ni con qué artificios, han inventado
medios para hablar fuera de si mismos, para
desparramarse y cuando no son ni pueden ser más que
un término han hecho de si mismos dos. Raro ha sido
el juego pero no por muy raro deja de ser cierto. Los
hombres parapetados fuera de sí, han creado esa literatura
sin movilidad, sin formato, que amarga leer.

Pero hoy, después de haber hecho supremo el concepto
del hombre, haciendo de este modo rotundamente
afirmativa la afirmación de vivir, se ha fomentado el
ahorro. En verdad hay que no dilapidar, hay necesidad
de reservarse, so pena de dispersión y de esterilizamiento.
Un esterilizamienlo macabro ya que carece de
fuña eternidad en que resarcirse. Eso es lo agostador
dde esa literatura que pasó, que es una literatura de
descoyuntamientos y desarraigaciones.

La labor de la nueva literatura por esto, ha de ser la
de irnos reconstruyendo, robando á las cosas, descol-

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gando de ellas el pedazo de concepto nuestro que las
añadieron los otros. Nada se puede considerar objetivamente
y toda la literatura de los otros es objetiva. Toda
ella ha sido una distracción. No ha hecho más que extranjerizar
el espíritu. Pero acabó su mala acción sobre
la vida. (Tenemos derecho al absoluto de este «acabó»
puesto que acabó para nosotros.)

Nos hemos dado cuenta de que el atenderse ó no
atenderse, el corrobororse ó no corroborarse, es una
fulminante y desesperada—fulminante y desesperada—
cuestión de ser ó no ser.

—Mientes como un epitafio,—dice en cierta ocasión
un personaje de Gautier.

Y es verdad. No pueden mentir más los epitafios de
los literatos influyentes en la otra literatura.

Pero yo no he venido esta noche á corregir los epitafios.
Desde luego he venido á algo más que á presentar
la parte negativa de un concepto.

Hay muchas cosas más importantes.

Una de ella es el estilo.

Frente al estilo achacoso, enrejado, carcelario, abrumado
de sombra que nos legaron los otros, frente á su
prosa de estameña, inóspita, opaca, exhibe la nueva un
estilo sin carencia alguna, que no se define gramatical y
y nemotécnicamente como el otro estilo, sino que pierde
su personalidad aparte, de estilo, con todas sus especialidadesysualti
va individualidad para serla vida misma.

El nuevo estilo ha dejado de ser óptico ó corazonado,
y sin sedimento religioso ninguno, compromete la
complegidad del ser en un orgasmo.

Contra el bizantinismo que ha inspirado siempre al
estilo, contra las falsas ideas prosopopeycas de Buffon
sobre él, Bernard Saw, desconcertando de un modo
magnifico á los lógicos que desconocen ese nuevo procedimiento
de definir, ha dicho que «EL ESTILO ES
TENER QUE DECIR ALGO».

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Así el estilo pierde su valor en ese fuero aparte que
había sabido crearse. Así se anula la importancia del
modo de decir para desamortizándola, insuflársela á
lo que se diga.

Bien está el espíritu de reacción que anima la genialidad
de ááw contra la vida desconceptuada y desposeída
de ideas.

¡Vorms,_vorms, vormsl

El grito trágico de Hamlet, define el gravamen de lá
vida. Por doquier palabras, nada más que palabras…
Palabras que semejan ideas, palabras que por lo muy
huecas que son tamborilean con una sonoridad inaudita..,
Palabras, cosas de cartón piedra, sin virilidad,
palabras que adulteran las ideas y las suplantan…

Con algunas se ha litigado, pero por miedo á que
enardezca demasiado el descubrimiento, no se ha acabado
de decir todas las cosas y las inmensidades que
son solo palabras. Además todavía hoy se procesan
esos descubrimientos.

Desde luego genéricamente puede decirse con Dantec
«Estoy completamente convencido de que la manera
como hablamos los hombres es defectuosa; resulta de
un error.»

Todo él ha adquirido mayor capacidad, se ha ductilizado
desusadamente. ¿Por qué no decirlo? Después
de todo Gautier echaba á los hombros en cara no haber
creado un nuevo vicio. El estilo do la nueva literatura,
los ha procreado prolificamonle y si la otra, la
anticuada, la acadomicista, tenía las siete virtudes.
— ¡Pecata! — la nueva literatura tiene algunas más
y un gran surtido de vicios, que se virtualizan inoslimablemente
al influjo do lo que se los hace decir.

No olV|idemos la maravillosa incestuosidad de la
frase de Saw «EL ESTILO ES TENER QUE DECIR ALGO»

Todos los sustantivos se han adjetivado de manera
radical, los mismos adjetivos—aumentando asi consi-
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derablemente la embocadura del estilo—han sido adjetivados.
De este modo todo se ha excedido, se ha hecho
más accesible… Debido á esas interpelaciones, á esa
conflagración de recursos, el estilo es hoy una cosa
desconocida, feraz, ya sin sombras, dado que todo se
abre al cielo raso, virgen, por sobra de disposiciones
que desflorar…

El estilo no es ya mera indumentaria, no cobra
aquella personalidad de cosa decorativa, se hace vitreo
como no lo ha sido nunca, aspirando á serlo más; pier-
de lo que tenia de aparatoso, y sin embargo nunca más
complicado que ahora; desconcertante y complicado
para el que no lo sabe leer, para el que no le ha derrotado,
(se le derrota, asimilándole en toda su extensión);
llega á perderse él, desaparece, y sólo ayuda á que se
desvele el concepto. Es un desnudo, cuando antes era
un atrabiliario encubrimiento.

Asi ha nacido el estilo expresivo. En todo estilo debe
haber un juego de fisonomía, lleno de revelaciones íntimas.
El ideal del estilo está en alcanzar laexpresióndeun
Zaeonne, de un Nocelli, ó de cualquier otro gran actor.

Ha perdido su color, se ha azogado, cobrando así
una esplendidez ideal.

Con esta prosa azogada, se evita toda la distracción
concusionadora del estilo antiguo. Estilo al que no
niego maestría, sin que esto sea sin embargo una
afirmación, porque de las cosas «bien dichas» nos ha
mandado abominar Relté en el prólogo L’arehipel en
fleurs, y Amiel—el santo—nos ha hablado «de la repugnancia
del buen gusto».

Al estilo no ha de notársele. \

El clásico buen estilo da una sensación marcadamente
estilista, forzada, que se sobrepone y suplabta
al concepto. El sustitutivo de las ideas en él eran las
frase8.|,Por eso el desarreglo, la asimetría del estilo es
una de las ventajas de la nueva literatura.

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Asi el concepto es el estilo y recíprocamente el estilo
es el concepto.

Al hablar del estilo tendría que hablar del lenguaje,
de su fundamento filosófico y de otras triquiñuelas engorrosas.
Sin profundizar, descaradamente, después de
la cita que he hecho antf^s de Lebesfjue diré que el
lenguaje es una cosa accidental, según lo ha probado
el libro de Helena Keller, ciega y sorda, más veraz
que los de HunibotHumboldt y todos los otros lingüistas.

Todas las fórmulas han sido invadidas rebeldemente
y todos los géneros literarios, de literarios se han hecho
pensadores. Todos los moldes han resultado estrechos
después de fecundados, porque procedían patronímicamente
de unos espíritus hijos de una falsía filosófica
extrema. Y han resultado raquíticos por lo mismo
que en una obra de Paul de Kok—magnífica contradicción
al neo-cristianismo de Rouneau—les vienen
estrechos los cinturones y los corpinos á todas las
muchachas de la localidad en que vive el intrépido Alfonso,
educado en la naturaleza, libre de todo aleccionamiento
histórico, fortalecido por los bosques.

También ha hecho necesaria la transformación del
estilo, el que ya no es como el otro, efecto de lo usual.
Una de las grandes tiranías de la vida es lo usual, lo
usual hace adinámico al espíritu. Lo usual hace patinosa
la vida, la ha deformado. Lo usual había enterrado
la piedra filosofal. Por lo usual se había olvidado
la unidad contrastadora de los bosques.

Hubiéramos vivido siempre dentro de lo usual, y
como la función crea al órgano ó lo inutiliza, hubiéramos
perdido los ojos y nos hubieran crecido las posaderas
, si el escepticismo colocándonos fuera de lo usual
no hubiera preparado esta entrada reformista en su
predio.

La nueva literatura prescinde de lo usual y así está
desenterrando el verdadero concepto de la vida, ha15
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ciendo revivir las inquietudes embotadas y traspasando
todas las prohibiciones de que está hecho más que
nada lo usual,.probibiciones que multiplican el ejemplo
de las viejas columnas de Hércules, negando el más
allá, teniendo sin embargo tantos mundos á su espalda.

Lo grandioso, lo épico, lo oratorio, que á tantos tópicos
y maneras dieron lugar, se pierden en el nuevo
estilo. Muy pocas adjetivaciones de esas se han conseguido
proporcionar y hacer habitables.

Con todo, han llenado una fase farandulera, logomáquica,
perorativa y magnifica.

Nosotros nos encontramos desencajados, ateridos,
negados, en medio de esos conceptos descomunales,
triptolémicos, que daban demasiado importancia á la
naturaleza y se desgañitaban en su honor, despersonalizándose.
Tienen el enrarecimiento de las alturas,
y su temperatura bajo cero. Ya no son las alturas el
plafón do papel de soda que esperaba romperse con la
cabeza para ver no se qué.

Glaisher nos ha hecho ver que la ascensión á más
de 14.000 metros desorganiza. Cosa que ignoraba el
Dios cristiano cuando ál ver edificar la torre Babel á
la soberbia generación de Belo—soberbia en el sentido
de más quilates de la palabra—no esperó sabiamente
á verla descomponerse al llegar á cierta altura. Su rasero
científico ora bien raso. Se puede decir que era de
su tiempo. Wright, con toda la sabiduría que le faltó á
él, ha consolidado Babel con la creación de su dirigible,
una Babel sin cimientos pero en principio la Babel
soñada por los Belos y á la que ensancha cada vez
más la azotea, según es mayor el radio de sus maniobras.

Todas las videncias en que se han debatido nuestros
antepasados, resienten ahora nuestra constitución
personal. Parece como si nos volatilizáramos, perdien
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do estérilmente nuestra unidad orgánica. Se nos abren
las venas en medio de las alturas. Nos sentirnos
morir.

No habían llegado al dominio de lo pequeño, de todo
eso á que naturalmente, específicamente, somos adaptabloa,
y con lo que hay que compensar lo inconmensurable.
Después de tantos versos de almanaque y de
tantos panegíricos sobre la primavera, nadie como
Francis Jammes—que ha hecho tantas cosas para
acercarnos á la naturaleza—nos ha dado su sensación
simplemente.

«Para las bestias la comida de invierno acaba… el
día aumenta una hora y cincuenta minutos.»

No sabían tampoco lo mucho que vale la frivolidad.
Por eso son teratológicas las filosofías sistemáticas,
porque carecen de frivolidad; no se encuentra en ellas
un organillo, ni hay colgada una jaula de canarios, ni
hay entre hora y hora un recuerdo de mujer, ni echa
nadie un cigarrillo. Nos destierran. Todo es trascendental,
carece de veleidades, carece de bibelots y de
nuestros pequeños enseres.

Todos se olvidaron del cuotidianismo de la vida.—
iPero como ha sido esto posible?—El cuotidianismo
que es lo supremo y lo que nos invade más en total.
Por eso nos sugieren sus obras una sensación destartalada,
unicorde, desolada, de una vacuidad tan vacua
como grande es su ampulosidad.

Asi brotaron esa cabala de obras paológicas, in~
farladas, llenas de abcesos y de postemas, ahitas de
corazón, de cosas honorables—de las que hoy sólo
quedan en nosotros algunos coxis apenas visibles—
obras siempre hipertróficas, llenas de una vida de
excepción.

Bernard Saw — que se ha llamado él mismo superior
á SákespeareShakespeare — ha dicho: «Los personajes de s4kespeare
parecen detenidos ante una esfinge inescrutable:
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faltos de respuesta, los unos rien, los otros lloran, los
otros se mueren y lodo el resto es sileneto».

Ese resto de silencio, hermelizado, inmóvil, es el que
tiende á desglosar la nueva literatura, todo eso que
siendo lo esencial salía confundido con los comparsas
ó no tenia papel. Bernard ha formulado bien el gran
cargo que puede hacérseles.

«Todo el resto es silencio.»

En efecto, hay que prescindir de los conflictos de la~l
parte de fuera que antes eran toda la inspiración literaria.
Trocar la idea de respirar los conceptos por la
de traspirarlos.

El hombre nuevo, el único hombre si se habla con
sensatez, ha hecho bien arrumbando esos peplos de
gigante, abandonando también el viejo juego de andar
en zancos. Y asi arrumbando toda la épica sonorísima,
encastillada,—producto de un magistral y absurdo
instrumento de viento, acoplado á las entrañas,—la
otra épica, la intima, llena de suscitaciones en su instinto,
llena de gollerías, ha reconquistado su ritmo,
que soterrado bajo las otras magniñcencias fraudulen- ^
lentas, anestésicas, vivía en un desmayo.

La lírica negativa de las exaltaciones es la que ha hecho
más daño á la vida, creando en ella el desequilibrio.
Su exaltación en un sentido la ha aterido en el antipoda.

Montaigne, si no hubiera sido tan profesor de Universidad,
hubiera representado á la nueva literatura.
En ella, particularizando, dentro de esa fuerza cínica
de concepto que ha recogido de la vida y de la
ñlosofia, hay entre otras adquisiciones una importantísima:
la de la mujer.

Es un descubrimiento de hoy mañana.

La mujer de los otros, mogigatera y circunspecta,
era una cosa convencional, dibujada por el almohadillaje
artificioso de sus virtudes y sus cosas de en visita.
Era la miijer metafísica. Amaba con lirismo y á dis-

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PROMETEO

tancia. Fraseaba demasiado y en las mejores ocasiones
declamaba en vez de morder. Parecía no tener más
que busto y aun ni busto siquiera.

Por eso aquella literatura tenia el horroroso defecto
de ser celibataria y sus concepciones estuvieron dañadas
de misogenismo que ha sido la causa de todas las
canalladas del derecho, de la moral, de la policía y de
Jas costumbres. Las manchas del Sol proceden de quo
le han mirado los ojos sórdidos de una humanidad misógena,
no por falta de D. Juanismos y de malas palabras—
abundan en algunos modelos de aquella literatura—^
no por falta de mugerismo, sino por su falta de
concepción, y por no saber imaginar, los valores supremos.
En su goce no hubo la abundancia, el hartazgo
ultra-filosófico, que acosecha la nueva concepción de
ese pecado más grande que todas las virtudes.

Aquellas mujeres, éstas, que crean aún los rezagados,
son ocas.

Y no os sorprendáis. Voy á explicar por que son
ocas.

En un cuento del Decameron un muchacho que habla
vivido en la abstinencia y en el analfabetismo de
los misógenos, visita por primera vez la ciudad de
Florencia.

En la visita le acompaña adlatere su padre, que le
ilustra sobre lo quo va viendo, palacios, viejas estatuas,
fuentes… A cada sorpresa del muchacho una explicación
del padre, hasta que por ñn, en una ocasión,
el muchacho preguntó de nuevo señalando á unas mujeres
que pasaban.

—¿Y esas qué son?…

El terrible padre tan inquisidor y tan abstinente,
queriendo evitar nuevas preguntas y más comentarios,
contestó:

— Son ocas…

Así creyó zanjada la cuestión, pero los instintos del
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19

muchacho sin cortesanear, inteligentes. le hicieron exclamar
sobreponiéndose al subterfugio:

—¡Pues yo quisiera llevarme una oca!

Los otros, lojs academicistas, han aparentado hipócritamente
creer en las ocas con metaflcismos, cii”-
cunioquios, conceptuosidad, eufermismo y pudibundeces,
y han llenado su literatura de ocas y laudos á las
ocas. La nueva literatura ha sustituido esa falsedad y
ha creado con todos sus determinantes especlfícos y
veraces: la mujer.

Hasta Mendes, Anatole, Eça, y sobre todo hasta
Willy y Collet se desconocía la mujer, histológica,
física, capilar, dotada de una psicológica arbitrarla
de Angora. Zola como primer elemento de reacción
exageró sus actitudes lesbianas y uso un procedimiento
falso de acentuación al hablar de su sexo.

Se la ha dado la importancia que merece, la arrobadora
, la extrema, por eso una obra en que ella no figugure
es una obra incapaz. Carece de unidad orgánica.
De aquí que la filosofía tomista, mensurada, sea una
cosa repudiable por lo nemotécnica, por su metodísmo
insexuado y por como prescinde en puridad de las inquietudes,
y de las indolencias, y de las arbitrariedades
de por vida. Era lo menos humana que podía
ser dado su estilo sin cabrias, sin conscuspiscencias
y su desden por las cosas más entrañables. Contra
ella, ha aparecido esa literatura fílosóñca, conscientisima,
de Nietzsche, Barres, Adam y Gourmont, los
filósofos menos universitarios.

La nueva literatura, más amiga del banco de la*^
plaza pública, ó de la avenida ó de los boulevares (1)
(1) Y esto del banco no significa que su posición ante la
vida sea extática, cree, lo que hace decir Rouseau á M. de
Wolmar.« Siento quo no se ve nada cuando se contenta uno
con mirar, y que es necesario agitarse para apreciar que se
agitan los hombres. Yo me hice actor en la vida para poder
ser espectador.»
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Prometeo

más amiga de la vida de relación, que del sitial sin
horizontes de la torre de marfil, no se desapercibe de
J a cuestión social.

Por primera voz haciendo enmudecer, á los hombres
reposados, conservadores y aún á los más subversivos
que se dedican á esa especialidad dice olla las palabras
decisivas. Nadie como Anatole, como Gourmont, como
Heutman, como Mirbeau, como Saw, ha planteado
‘ ‘ ‘los problemas sociales. Han dicho la primera y la última
palabra.

La nueva literatura no puede olvidar loa absurdos
puesto que por primera vez no es absurda. Tiene por
naturaleza la repugnancia de todas las barbaries.

Una literatura burguesa, conservadora, sin contagiar
por todas las subversiones y por todos los grandes
anhelos, impasible ante la colisión silenciosa de
todas estas cosas, impasible ante la absorción con que
denigran la vida, no es literatura,

Esto no quiere decir que emplee y tenga fé en todos
esos términos pseudo-científicos, conque se plantea
la cuestión y que son los que la han perjudicado, y por
lo que se reprueba en las cátedras de derecho. No.

Su papel es demostrar ante la naturaleza que está
cerciorada, acosadoramente, vagorosamente cerciorada
de muchas cosas de las que se ha cerciorado ante
ella, con palabras sencillas y extremas que por primera
vez no forman, ni tienden á formar una escuela ni un
partido ni una sistematización. No cree en un derecho
que oponer ala arbitrariedad, esto serla inocente, cree
por el contrario en una arbitrariedad que oponer á la
arbitrariedad en la que funda un nuevo sistema de
educación.

La nueva literatura no puede olvidar que existe la
cárcel, terribles trabajos forzados que no parecen forzados
sino ciudadanos, gentes que hambrean , y diria
con indignación que no puede olvidar que existen otras
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21

muchas cosas sino hubiera ley de jurisdiciones y otras
leyes por el estilo.

La nueva literatura no lo olvida. Sólo el bizantinismo
pijotero de algunos aristócratas literarios se permite
ciertas desfachateces, desfachadas no en relación
con los principios puros, sino en relación coa el derecho
á la vida de los otros que debieron ensayar en
ellos su antropofagia.

El concepto naturista, atómico, fulmineó, emocio-‘^
nal, concluyente, supremo, que puede llegar á formar
la literatura de la cuestión social, es todo lo que la
hace falta. Menester es que nos dejen ir á ellos y quéj
sepan que vamos á compensar su fe, con otra fe. No
que les vamos á dejar huérfanos, necesitados como
están de compensación. Eso seria patibulario.

De todas estas características, de esa reconcentración’—
mejor dicho, para usar una frase predilecta de
Taine—de esa «convergencia de efectos» con que ae
ha hecho más capaz la nueva literatura, insólitamente
plenaria, dotada de una conciencia integral, deduce
uno no la BELLEZA, que es un término vacuo como el
de los Dioses, sino una sensación biológica, orgánica
—especificando: — histológica, sensación de confort,
de poder, de inquietud, de mamiferismo, torácica,
táctil.

Y esta es su originalidad y su supremacía. La filosofía
siempre sistematizadora, sin mundanidad, tiene
el defecto de no dar esa sensación personal, organizada
, de la nueva literatura, que es toda una percusión
de la naturaleza.

La nueva literatura es en síntesis lo que dice Lange
que es el ser: un centro especifico de fuerzas, aunque
seria preferible llamarlo un cómputo de fuerzas. Responde
al concepto intimo y funcional del ser. Todos
sus imperativos son carnales y todas sus cosas establecen
.una sensata y acuciadora correspondencia or-
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PROMETEO

ganica entre el mundo y el individuo. Ese ha de ser en
total su nexo.

Asi prescindiendo de las preocupaciones desquiciadas
de las otras literaturas, de sus desmesuramiento,
se ha atrevido á parecer arbitraría para ser consecuente
y humana. En ella el hombre trabaja en vista
de sí mismo. Ha compensado á Dios á su manera, inefablemente,
lia aprendido el valor del barro.

Por esto, para ser completamente orgánica, en el
sentido circunstancial de la palabra—que es á la vez
absoluto—no debe descuidar la actualidad, ni el espacio,
ni el lugar.

¡Oh! |La actualidad!

El siglo perjudicó al minuto. Tenía desconcertada la
vida. Más la afirmación personal ha implantado una
nueva perioricidad. De ella se ha deducido que hay
que vivirlo todo con un afán supremo, sin despilfarro
y como si ello fuera lo único sin solución de continuidad.

Lo actual coadyuva á la afirmación de nuestra vida,
afirma su Hnitud, y de eso sólo estamos necesitados.

Lo actual evita que no seamos de ningún momento,
queriéndolo ser de todos, ignorantes de que en ese todo
quimérico no habrá nada que nos afirme, que nos origine
en este sentido de degustación íntima, orgánica,
concuspiscente, en que entendemos la afirmación personal.

Somos el día tantos, de tal mes, de tal año, hasta el
día tantos de tal mes, de tal otro año. Nada más, en
^absoluto, nada más.

Ha de ser tan actual la literatura que hasta el modo
de editar ha de estar conjugado en presente. Y si se
escucha un piano en sus páginas no ha de ser un piano
de marca demode, sino de la más actual. La conviene
hablar de las últimas modificaciones de la calle y de!
alumbrado, y si pasa una mujer entre las regletas hay
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que cuidar de que d traje que Itove esté confeccionado
según el último modelo. Hacer otra cosa es desintegrarse,
extinguirse.

Todo lo que no sea actual es desconcertante y no es
tan sabrosamente asimilable como lo actual. Somos de
nuestro momento y seria mentir nuestra naturaleza y
ateriría y resabiarla, el creer otra cosa.

Hay que combatir siniestramente el espíritu de anticuario
que hay aún en el fondo de los hombres y que
enrancia y desorganiza tanto la vida.

Todo lo que no es actual ó no se condicione por lo
actual carece de justificación. El espacio y el lugar
deben obedecer á esa misma perioricidad. deben estar
dentro de ella, con su misma certeza, en detalles ultimátums
y variaciones. Somos de nuestra calle y de
nuestra casa. Asi, ya sea madrileño, vallisoletano,
londoníense ó parisino, toda vida para ser orgánica,
ha de estar sita de un modo categórico. De tal manera
que las calles han de ser verídicas, llevar su propio
nombre, y hasta si en ellas se ve la mano indicadora
del zapatero de portal no valdrá suprimirla. Todo lo
nuestro debe tener un carácter de madrileñismo.

Estas dos aseveraciones hechas con todo fanatismo—
por que me siento abotargado, por ese raro apelotonamiento
de fuerzas que debió sentir Lútero—son
tan horrorosas que de ellas harán una horca para mí
los discretos.

Y todas estas influencias no son estériles, tienen un
cometido importantísimo: la creación del carácter.

La otra literatura tuvo por fln el entretenimiento.
No puede haber de cometido á cometido, entre la vieja
y la nueva literatura, mayor superioridad.

El carácter es el todo, en la vida. Es una acepción
del hombre hospedada hasta en los tuétanos.

En el hombre es una cuestión capital la de tener ó
no tener carácter. Sin carácter, de nada le sirve tener
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PROMETEO

muchos retratos de sí en todas las posturas, todos los
premios extraordinarios de todos los exámenes y de
todos los concursos, un mapamundi, y saber sus configuraciones
, un plano do su localidad y sus alrrededores,
una querida bien alhajada ó una esposa, porque el
mismo, ni el universo, ni su localidad, ni los jardines,
ni la dulzura de los cielos, ni la diafanidad de la vida,
ni su caricosidad, ni su explotación, ni la mujer, se
le habrán descubierto. Ya veis, del carácter depende el
saber ó no saber asimilar la vida y sus frivolidades.

Crea esta alternativa desniveladísíma.

Dispone del mundo, lo hace propiedad individual
todo él, ó no dispone y entonces, como si limosneara.

Es el personalismo. El carácter glosa y desglosa las
cosas en e! sentido privado, orgánico, que llena ó no
llena una vida, la hace densa 6 paupérrima, la extralimita
ó la enchiquera.

La literatura prepara esta ecuanimidad. Consigue
que no tomemos un tranvía con ridicula precipitación,
nos pone á distancia de un sombrero color café , evita
que nos perdamos en el coreo de las muchedumbres,
en la risa de todos los chistes ó en el dolor de todos los
dolores. ísirve para hacer de nosotros otra cosa que
culotadores de pipas, coleccionadores de fototipias,
hombres de visita ú hombres transcendentales. O si
por un acaso aceptamos esas encarnaciones para demostrarnos
que estamos al cabo de todo, lo seremos
todo dentro de nuestro mascarón. Ayuda al bien vivir y
al bien morir. Evita que seamos seres en suspenso
bajo una preocupación pequeña, un tópico, la oficina,
el suceso del día, la recepción académica, la política,
el moralismo, la honorabilidad.

Y el día que nos aprovincianemos fomentará en
nosotros la grandeza de ánimo y sabrá tirar todos los
meridianos y trabajar la esfera armilar alrededor de
nuestro BELCHITE.

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Fomentara en nosotros una delicada adaptación al
tabaco, á los paseos á solas ó con eí veterinario y siguiremos
con toda consciencia, y con toda atención,
paladeándolo mucho, el discurso de nuestra vida. Nos
permitirá quedar fuera de todas las cosas pequeñas y
de todas las cosas usuales; mejor dicho, dejarlas dentro
de nosotros, acogiéndolas en su justiprecio, en vez de
entrar dentro de ellas, anulándose chafando nuestra
vida como los sin-carácter, justipreciados por ellas.

En la int^ridad de los caracteres fuertes es innega-”
ble que hay una plenitud literaria.

En Napoleón, en Garibaldi, en Carlota Corday, en
Lemoine—el creador del brillante—ha habido una
plenitud literaria. Sobre todo en Napoleón.

Y entendamos con toda malicia que creado el carácter
todo se ha creado furtivamente—furtivamente
he dicho.

A la gente hay que imponerlas esta maquinación
Este es el gran cometido de la literatura. Las masas,
las muchedumbres son una cosa muerta, sin carácter
considerada en total, pero tienen la admirable condición
de llevar en si el feto del carácter.

La literatura ha de afanarse en esa OPERACIÓN CESÁREA.
Arranquemos á los muertos ese algo vital que
no está muerto como ellos y que palpita en sus entrañas.

No obstante el gran papel que viene á cumplir la
nueva literatura encuentra gran número de obstáculos.

Bien es verdad que el espíritu de esta época es de
imposición, espíritu crematístico; pero nada, como su
formación literaria daría más incremento á su vigor.

Su más nociva oposición es la de los espíritus de anticuarios
que atiborrantes de intereses creados han
visto una competencia y han creado un dicterio que
oponerla: «decadente».

La decadencia según ellos, la forman todos esos
elementos formidables de la nueva literatura.

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PROMETEO

La decadencia es una de las palabras más ambiguas
que existen. Verdad es, que está hecha con la peor intención.

Discutámosla en lo que quiere significar.

La naturaleza nos compuso para la imposición, para
la lucha por la vida, nos hizo con su ceguera de siempre,
es decir, constituyó el protoplasma, hizo á la mónada,
á la mónera, cosas sencillísimas, propensas á la
combinación, hizo recto, concluyente, nuestro destino
como el de árbol, el del insecto, el del infusorio. Por
eso hay tantas cosas fatales. Las experiencias de Papús
tuvieron su limite. Aquel en que no tuvo nada que recomerse.

Pero dentro de nosotros, de esa fatalidad introcable
y adusta encontramos una inmanencia que aprovechar.
Una pepita dulce que podíamos DEGUSTARNOS. Claro
que no contravenía en nada sus leyes naturales. No se
hubieran dejado contravenir. Dentro de las layes químicas
y físicas á que estábamos sometidos encontramos
libertad de que disponer.

Era un intersticio á través de las leyes, un claro
microscópico, sitiado por todas las fatalidades. Sitiado
perentorísimamente. Podíamos jugar, esté fué nuestro
descubrimiento. Nos pareció una cosa inmensa. Para
la naturaleza seguía siendo una cosa sin importancia,
se dejaron de construir cosas piramidales, cosas históricas.
Entonces el flirteo, el epicuerismo, el vicio prudencial
—sobre esto del vicio prudencial tendría que
hablar mucho—la filosofía del bon- vivant,
del confort
otras y otras florituras ó confituras capitalísimas.

La naturaleza no pensó en esta risueña escolástica,
que es en sí principio y fin. Pero nosotros sabiamente
la hemos creado. Las buenas hetairas han adivinado
todo esto y hechas por la naturaleza como mera
semilla, se han comido el semillar como una gran
cosa sabrosa y afrodisiaca.

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Si yo tuviera que hacer un símbolo de la decadencia
hablarla de las medias negras caladas y de cómo han
exaltado y hecho pluscuamperfecta la carne de mujer.

La naturaleza la creó sin medias, la naturaleza está
desinteresada de todo lo que no sea universal ó monis»
ta, en razón de sus leyes. Por esto también no pensó
nunca en el Weefstea, en el jamón en dulce, ni en el
foie-gras.

La decandencia en vista de todo esto es una palabra
que pone al hombre la expropiación en atención á si
mismo y á que es mortal.

No ha habido liberalidad más sensata. ¡Seamos de
la decadencia! Baste saber que es encantadora.—
Muramos de una hartazgo de decadencia y habremos
traspuesto todo el más allá y el allende del más allá.

¡Seamos de la decadencia!

¡Pero—deteniéndome en mi hilaridad—es que hay
derecho á decir esa palabra! ¡Tiene razón de ser!

Solo la naturaleza pudo haberla articulado. Y el
cosmos solo es en ciertas ocasiones onomatopéyco.
Nunca elocuente.

Los hombres que la han creado han suplantado la
naturaleza. Ridicula suplantación que ha hecho la
hormiga de la esflnge, dotándola de sus malos humores
, de sus estrechas virtudes, de sus falsas elucubraciones
y entelequias.

¡Seamos de la decadencia!

Cualquier gran trastorno que en la naturaleza se
verificara, su fracaso entero no la merecerá un lamento,
ni una réplica, ni aun un encogimiento de
hombros, porque siempre saldrá ileso el principio
general de la trasformación de la materia y de la
energía.

De aquí que nada importen nuestros pequeños trastornos
en el terreno privado. Nuestra pepita—símbolo
de lo más íntimo en nosotros—nos ha servido para
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PROMETEO

banquetearnos á sus espensas. Siendo un objeto del
ritornello de la siembra, la madurez, y la desorganización
para meteorizarnos al fin, nos servimos de nosotros
, nos mordisqueamos y nos hicimos nuestro propio
aperitivo.

¡Seamos de la decadencia!

Ya veis la impropiedad de ese apostrofe que se opone
á la nueva literatura. Sólo explican su insensatez unas
palabras que dijo no se quién: «Para un clásico que
admite la unidad de perfección y que no reconoce más
que una fórmula de belleza, cambiar, trasformarse,
es necesariamente degenerar.»

También se opone á la nueva literatura un gran recelo
que la inculpa de falta de probidad,

Se la ha acusado de artificio.

Se cita como á juglares á Nietzsche, Wagner, Baudelaire…
Este alegato se destruye citando la parte indiscutiblemente
sincera de su vida, su correspondencia,
esa correspondencia de los hombres extraordinarios
que se cree con derecho á violar el porvenir…

En Nietzsche, las cartas á sus amigos de Sils María,
en una de las que liega á decir «Las forestas vírgenes
y la felicidad se quedan para los que no tienen tantas
filosofías sobre las conciencia», Wagner sufre encerrado
siempre en «el dolor de sus exploraciones»,
como él dice en las cartas que dirigía á sus amigos
de la Verte Colline y Baudelaire, vive atormentado
víctima de su misión superior, y como prueba de esa
gran honradez e^tán las cartas á Saint Beuve, en
que se queja también de su genio tan difícil y tan
doloroso.

Pero poco importa que se demuestre la villanía de esas
diatribas. La literatura personal, verdaderamente personal,
está obligada á vivir residenciada en sí misma.
Tanto por el público como por sus arrendatarios.

«Para el público—ha dicho Osear Wilde—todo en
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sayo intensivo en materia de arte es desastroso, y sin
embago, el progreso y la vitalidad del arte dependen
en gran manera de la extensión incesante del personalismo.
»

El burgués tendría que hacer un esfuerzo mayor á
sus esfuerzos usuales: aglomerar más sangre en el
cerebro, y esto es imposible porque la tiene toda agolpada
en el estómago> donde no le da abasto.

En cuanto á los arrrendatarios se pagan del público,
y la revista y la prensa se niegan á toda obra verdaderamente
personal. Sus intelectuales de nómina hablan
como alumnos de filosofía y letras ó como doctores,
casi todo es ortodoxo, pues hasta se ha creado
un revolucionarismo ortodoxo. Desde luego todo es discreto.
Si alguna vez figura un literato personal es
cuando deja de hacer literatura insobornablemente personal
y se hace discreto.

Por esto, en vista de este apartamiento, hay derecho
á decir que el gran latifundio del siglo XX—el
bárbaro sobre toda barbarie, y el descomunal sobre
todo descomedimiento—SON LOS ROTATIVOS.
Un latifundio incomparable con todos los que se han ido
desentravando.

Pero esto no importa, aunque la literatura personal
esté confinada—en España, se entiende,—no debe
olvidar que Gouyot ha dicho con una frase en que habría
que corregir las palabras gruesas: «Lo que es
bello y grando se basta á sí mismo»

Esto sin atender á que no son apetecibles los adjetivos
públicos, pues las carteleras—abigarradas de
color, cuotidianamente renovados sus titulares—los
anuncios de específicos y los rotativos, han achatado
y hecho sordas todas sus preeminencias.

Sin embargo, exagerando todos los peligros, ha
aparecido la falsificación de la literatura personal. Debido
á la expectación del público, aprovechando la
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PROMETEO

claridad con que se ofrecen los procedimientos, han
nacido las incubadoras mecánicas.

Este es el peligro de la nueva literatura, su competencia.
La habilidad. No va todo lo allá que ella, ni
tiene todo su albedrlo. Es un aborto industrial que ha
aprovechado la revolución artística, coincidiendo su
aparición con el de las pianolas mecánicas.

Un dramaturgo tenemos que es el caso clínico. Ha
creado la rebeldía bonita prendida siempre de una gracia
ó de una temperancia. Ha hecho de lo formidable
una cosa sacarinosa.

Yo he visto en una tienda de muebles un trabajo de
cerámica exquisito, exquisito en la acepción filisteade
la palabra. Era una niña menesterosa, remendada, de
las que han hambre y sed,de las angulosas, pero en el
modelado estaba tan buida, tan cuidadosamente hecha,
se había mentido tanto la agresividad de lo real, que
daba gusto verla aun siendo una miserable. El orfebre
había involucrado su concepto.

Dos señoras que al pasar se miraron de reojo en el
contraluz de la luna del escaparate, la sorprendieron.

Mirándola, tan suavemente conmovedora—suavemente
y no terriblemente, cruentamente, blasfemamente—
se las ocurrió decir:

—¡Qué bonita haría en la sala!

Ese es el arte industrial y claudicante, sin agresividad,
sin entereza, que aprovecha la modernidad y los
gustos del burgués, un poco de su época.

A Nietzsche se le ocurrió una blasfemia y un rugido
despotricante contra estas falsificaciones: «¡Ay! Muchas
veces ha llegado á hastiarme el ingenio cuando
vela que también la canalla era ingeniosa.»

Y voy á ir terminando.

De todo lo dicho se desprende que la nueva literatura
no tiene un común denominador. Se absuelve
de ese prurito disciplinante, escolástico. Ha acogido
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en su tórax una palabra de una signifícación impersonal:
es individualista—titular de cauchou que
se adapta de muy diferente manera á todos los intelectuales.

Exaltado su concepto, informado por todos los conceptos,
hay en ella una veracidad extrema.

Ha hecho suya, en un nuevo aspecto, la doctrina
monista.

Su concepción es la misma del monismo, por eso yo
llamo á mi doctrinarismo, á mi modo de concebir la
literatura «Monismo literario».

La nueva literatura, por esa exaltación que la conviene,
no debe olvidar que hay que escribir siempre
como haciendo TESTAMENTO, definitivamente, y al
poner en limpio lo escriío como haciendo en las corree
dones todos los CODICILIOS posibles.

No debe olvidar tampoco el incremento de aquel estrambote
de Mallarme: «El mundo ha sido creado para
tener por resultado un hermoso libro». Ese libro será
la paráfrasis de todos los libros, venidos y por venir.
Pensad en él al numerar la primera cuartilla de todas
vuestras cosas.

Con ese coraje de concepto, 6in responsabilidades
académicas que temer, practicándola «no conformidad», primera virtud del hombre según Emerson en la
duda de todos los procedimientos, escribiendo sin pensar
en la posteridad, la nueva literatura tiende á ser
lu menos literaria posible en la acepción pública é histórica,
incapaz y apocada, de esa palabra. Estamos
en pleno panteísmo que sobre el de antaño tiene la nota
inconmensurable de haber pasado, de HABER TENIDO
EL CRISTIANISMO.

Estamos en plena revolución pintoresca, ya preconizada
por Saint-Beuve.

Asi comenzamos á asistir como novicios al descubrimiento
de la nueva literatura. La nueva literatura
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PROMETEO

lo unifica y lo homogeiniza todo monisicamente en
su concepto, explicándose asi el njundo muy sencillamente
sin las elucubraciones y las especializaciones de
los otros. Es paradógico, por cierto, que la naturaleza
es para el hombre una cosa en construcción.

Ha dejado de ser una expiaciones. Sa ha aplacado.

Y estoy en el punto penúltimo.

Es el colofón de mi profesión de fe. Yo lo espero todo
de la nueva literatura, porque en principio reniega de
todos los sedentarismos, hasta de los libertarios cuando
se detienen en su insurrección. Sabe muy bien el
apotegma de Gourmont: «La cicílisactón no es más que
una serie de insurrecciones.»

CUMPLAMOS LAS NUESTRAS.

He dicho.

Tableau.

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